Pestañas

martes, 22 de noviembre de 2011

Energía inocua (II)

Desde joven siempre quise ver cosas donde no las había. La realidad siempre ha sido demasiado monótona, demasiado pasiva, dejándose impregnar por cambios de los que no somos conscientes hasta que aparecen en los libros de historia, aunque esos cambios nunca me afectaron, excepto los pertinentes a mi propia realidad.

Me he sentido demasiado exigente en ocasiones con lo que la realidad es capaz de ofrecer, en cierto modo porque es parte de nuestra naturaleza humana el querer creer que habrá algo más allá de lo que es visible, pasando por alto la posibilidad de profundizar y analizar las cosas hasta que la situación lo ha requerido.

Esto me ha llevado a pasar por muchos apuros, a decepcionarme con facilidad cuando algo no cumplía mis expectativas; he tratado de definirme y nunca me he sentido conforme con lo descrito, sin embargo me acepto, con mis defectos y limitaciones, cosa que no todo el mundo puede decir de sí mismos. En cambio, lo que los demás conocen de mi no coincide en absoluto con lo que en realidad he sido.
Cabe la posibilidad de que, de aquí a un par de minutos, me encuentre contemplando a cámara lenta un plano del suelo acercándose hacia mi cara, mientras se forma un charco con mi sangre y termino empapándome con él con la misma cara de alguien que piensa “¿qué más da? así es como todo ha sucedido”, no lo lamento si va a ser así, pese a que el resto interpretará la expresión de mi cara como la de un tipo que vio en el final el principio de la historia.



En una década en que las fronteras no estaban marcadas para los países sino para las grandes empresas, el modelo de producción cambió hasta formar una economía donde no imperaban las tendencias, sino ideales fatuos de desarrollo y unidad.

Las grandes masas se dejaban llevar por lo que, líderes cada vez más capaces y concienciados, trataban de establecer como el camino de progreso, y pese a ello, la sociedad trataba de oponerse a los cambios en pos de mantener la individualidad de las distintas oposiciones dentro del sistema.
Esos líderes fueron las grandes corporaciones, nadie sabía mejor que ellas lo que realmente le interesaba a las personas, cómo atraer sus anhelos, aunque no lo que les convenía.
La individualidad dio lugar al monopolio, y el monopolio devolvió a cambio la censura de la iniciativa social; puesto que las personas cambiaban de parecer dando lugar a las tendencias, dejó de primar la necesidad de hacer cosas que mejoraran la comodidad de estas, suprimiendo en parte esos “derechos y libertades” que la generaban y les hacía tener una idea equivoca de lo que es en sí la libertad.
A ese período y modelo de producción se le conoció y consideró como la “gran máquina de movimiento perpetuo” que aseguraba el funcionamiento íntegro de todas las partes del sistema. Aquella máquina funcionaba continuamente produciendo una cantidad equivalente de lo que se le daba, repartiendo equitativamente los recursos que se introducían en ella, de modo que no habían carencias ni excesos en ninguna parte del sistema. Por supuesto, los complejos engranajes de los que se componían lo comprenden todo, para todo, nadie estaba por encima del sistema debido a que ni siquiera se puede hablar de que el sistema lo controlara esa inmensa maquinaria absoluta, se comprendía uno como parte del otro y viceversa. No se pueden comprender partes, ni individuos, fuera, por encima o por debajo de aquel fruto del avance humano, del que ninguno pudo adjudicarse la auditoría.
El modelo que se había producido nos lo impusimos unos a otros como tendencia única para la sociedad mundial y no por ello a todos les gustaba.

automata

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